Una de las grandes pifias que me han pasado en en esta vida mortal fue la conocida como la del " KUKUSKLAN".
Estando en el club Herzegovino compuse una canción- una gamberrada- que se titulaba " ¡Somos los del Kukusklan!".
La letra era la siguiente:
Estribillo.
¡Somos los del Kukusklan! ( seis veces)
El negro para los zapatos
el negro para los ojos
el negro para el pelo
pero nunca para la piel.
Estribillo.
Me gusta la sandía por e negra por fuera
y por dentro es rojita, es rojita
Me gusta la sandía porque se parece a la cabeza
¡¡¡¡de nuestros negroooos!!!
Bien. No es una obra maestra, pero llegó a ser un himno. La coreábamos con entusiasmo con decenas de críos.
Un día cantamos el KKK a pleno pulmón en esa sala de estar, que la recuerdo con nostalgia y añoranza, y salimos a la calle a tomar algo. Antes de salir pasamos por el oratorio a despedirnos del Señor. Y cuál no sería nuestra sorpresa cuando vemos, al fondo del la capilla, piadosamente en oración...¡¡¡un negro!!!
Un negro de verdad. Un negro elegantemente vestido que se apellidaba Endje. Un guineano con los ojos muy abiertos y la mirada vidriosa. Me imagino al africano escuchando la canción, aterrorizado y descompuesto, pensando en qué se había convertido el Opus Dei.
La verdad es que no tuve valor para disculparme. ¿Qué podía decirle?
Este señor Endje tenía un primo que daba clase en Viaró, y que se llamaba Edmundo. Era un guineano de una pinta excepcional. Muy bien plantado y elegante. Coincidí con él cuando comencé de becario allí. Era muy buena persona. Murió joven.
Un día les dije a los chavales que Edmundo había sido rescatado en la selva por un sacerdote del colegio, don Luis Augusto.
- No penséis que don Edmundo siempre ha vestido así, con traje y corbata. Vivía en lo más intricado de la selva con su taparrabos, su cervatana , su hueso en la nariz, descalzo...y un día se cruzó con Don Luis Augusto, entonces era misionero, y lo compró por quince mil pesetas y lo trajo a Viaró.
Era de ver la cara de pasmo de los chavales.
A Edmundo le llegó la broma, pero me conocía bien y se lo tomó a coña.
El tiempo pasa y no siempre arreglas lo que dejaste en barbecho. Y es posible que más de uno de esos críos vayan contando a sus nietos estas historias salvajes y selváticas.
Si es así, lo siento.
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