Las malas noticias nunca vienen solas. Eso es algo que , a veces pienso y que, en ocasiones, he comprobado.
Hay temporadas que uno tiene la impresión de ser víctima de una especie de maldición porque la desgracia se ha cebado en familiares y amigos, y en uno mismo.
He visto cómo personas que vivían en su trabajo y su vida familiar tranquilamente eran golpeadas despiadadamente por un infortunio que les arrebataba de forma imprevista muchas de las certezas de las que habían disfrutado. Gente que ha transitado de repente del mundo de los sanos a ese reino tenebroso de la enfermedad, a donde se entra tan fácilmente y de donde no se sabe cómo salir.
Uno mismo tiene miedo de que, de repente, sobreviene el infortunio en su vida, muchas veces cuando más feliz era.
Al protagonista de La montaña mágica, la novela de Thomas Mann, le sucede eso: accede al hospital de Davos como un simple visitante y queda atrapado para siempre en los efluvios fatales que destila en ese lugar y se respira el aire helado de la muerte.
Siempre escuché, y desde bien pequeño, que el sufrimiento nos enseña, nos hace más conscientes de nuestras limitaciones. Y lo pienso así. Pero para muchos les deja un vacío irreparable, una herida que no pueden sanar. Pone delante de sus ojos la insignificancia de sus sentimientos ante un mundo que sigue su curso.
Cuando no hay Dios la vida es muy jodida.
Cuando trabajé de comercial de la cosa del catering visité muchas residencias de mayores. Allí vi de todo, desde centros de miseria , de olores a orina y coliflor, hasta Residencias High Level con hilo musical y enfermeras que estaban buenísimas. Aunque básicamente todo era un artificio de mentira y celofán.
Me impresionaba mucho ver personas que ingresaban para ser atendidas y eran consideradas válidas, y como , conforme empeoraba su estado, las iban trasladando de comedor en comedor , según su grado de dependencia, terminaban en la planta superior, babeando, cagándose encima, y dándoles de comer por una auxiliar.
La dirección les decía que les atendían así por su bienestar , para cuidarles mejor. Pero ellos sabían , los ancianos, que al final, acababan en esa planta primera, que es la de los desahuciados, la de los que van a morir sin remedio.
Todo era un espectáculo jodidamente triste.
Yo salía muy mal de esas visitas comerciales, pues iba con frecuencia a atender a los clientes y al personal de cocina. Todo me parecía una metáfora de la vida, que es un descenso imparable hacia la muerte. Pero no nos damos cuenta. Preferimos pensar que no sucede nada cuando nos cambian de planta.
El dolor es la conciencia de este imparable vaivén hacia nuestra desaparición aquí abajo, de la fragilidad de nuestra existencia, de las limitaciones del cuerpo. Hay gente que , como no puede enfrentarse con la realidad cotidiana su finitud, se engaña y piensa que es eterna. La mentira es un recurso que nos ayuda a soportar la vida.
Cuando uno ha estado enfermo o, como yo, sabe que la enfermedad avanza inexorable, se plantea por primera vez en serio el problema del tiempo, que aparece como el bien más precioso del que dispone.
A veces pienso que, seguramente , se reza más en el ascensor de una Residencia de mayores que en su capilla.
Es entonces cuando percibes su valor y empiezas a administrarlo de otro modo. Pero ello supone asumir una angustia que duele: la de presenciar cómo caen los últimos granos de arena del reloj y despedirte con amor, porque vamos al Amor.
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