Una de las cosas que más me han divertido en la vida es el contemplar los egos, excitarlos, picarlos en la suerte de varas, despertar complejos melancólicos que afloran en algunas biografías pequeñas y tristes.
A Bauprés vino destinado un cura. Se creía un tipo muy principal porque había trabajado en la Curia y había pisado moqueta guapa, y rozábase con cardenales y eso. Y, de repente, de pronoto, lo envían a una mierda de club que llamábamos "VanTrés" - Bauprés- porque no iban más que cuatro gatos.
Supongo que esperaba más. Pero el director era yo, y aquello era un cachondeo. Y tomamos como diana en la tertulias a este buen hombre. Nada serio: le imitábamos la voz- algo suave, no era difícil darse el pisto que el tío se marcaba cuando hablaba, pipa en mano. En fin, una ligera coña. Pero este hombre pensaba que aquellos mindundis, entre los que me encuentro, le faltaban al respeto. Y en una tertulia- harto de tanta coña, se levanta y , igualito que Moisés al ver al Pueblo elegido adorando al becerro, comienza a gritarnos:
- ¡¡¡ A MI NO ME FALTAN AL RESPETO NADIE!!!, ¡¡¡SOY DOCTOR EN DERECHO, SOY DOTOR EN CANÓNICO, SOY DEL TRIBUNAL DE LA ROTA....SOY...!...Y el tío iba poniendo las medallas de su currículum encima de la mesa de la sala de estar, sacando pecho.
Fue su gran error. Duró poco en ese centro. Nos había enseñado su gran debilidad: el ego. El jodido ego.
De este tipo de gente he conocido muchísimos. Se creen humildes, van de modestos, pero si les picas un poquito, les sale la gusanera y te la lían gorda.
Uno que era el de san Miguel de una Comisión pidió asistir a un reunión del CL. El hombre- seco, acomplejadísimo, raro, un poco bastante atormentado, pero de esos que ha sido encumbrado, probablemente, por ser de cartón piedra. Y se plantó allí y nos dijo:
- Don Ezequiel en las meditaciones no hace más que meterse conmigo a gritos- eso era verdad- y yo no he venido aquí a que me griten. A la próxima, me marcho.
No dijimos nada. Don Ezequiel dejó de predicar en ese Curso, y al jefazo no se le tocaron los güevos. Pero la mirada sisina, el ego excitadísimo de ese hombre, fue algo inolvidable. Y, lo que es peor, Ezequiel tenía toda la razón.
No conozco nadie que haya subido como pedo de buzo que no tenga un ego hiperdesarrollado. Ya avisan con la cara: "pocas bromas conmigo".
Hay gente que se le sube mucho el pavo, como Victor Hugo que en una reunión espiritista preguntó a Jesucristo si era lector de sus poemas. Que manda cojones de ego. Pues de esos he conocido unos cuantos. Yo he visto llegar un tío-maduro, desprendido, de esos de "no tener nada como propio, no tener nada superfluo, no quejarse cuando falte lo necesario", ver su habitación y decir "yo aquí no duermo". Y se volvió a su pueblo. Porque, encima, el tío era de pueblo.
He llegado a la conclusión de que los egos son la materia de toda entrega. Incluso de los que aparentan no tenerlo. Esos son los peores: tienen áspides en su corazón tan humildico. Me incluyo.
Yo me he puesto muy gilipollas por tonterías.
Mañana más.




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