Vas por las ciudades de este país y encuentras unos anuncios , bastante horteras, muy llamativos, que dicen "COMPRO ORO".
Cuando alguien muere, no desaparece, y merece la pena recordarle. Porque esa persona se cruzó en tu vida sin que tú lo supieras.
Y no hace falta siquiera haber coincidido. Probablemente se emocionó con las mismas cosas que a ti te llegaron muy dentro. ¡ Tenemos tanto en común!
Es cuando no está cuando aparece la persona, porque se libera de sí misma, de sus sombras, de su voluntad, de su ambición, de cualquier proyecto, de cualquier conocimiento que creíamos tener acerca de ella.
Cuando se trate de una persona que se fue al borde del camino hay que evitar retirarse evitando ser vulgares. Y más cuando el azar ha querido que sea ella, y no tú.
Es bueno despedirse con la máxima delicadeza.
Esa alma amiga- sí, "amiga", aunque no la conocieras- cuyo umbral no volverás a franquear es a quien debes saludar y despedirte con el mayor cariño y respeto.
No todo el mundo piensa así, pero así debes comportarte.
Soy de los que piensan que es mejor no volver una vez que me he marchado.
La bailarina de Auschwitz, de Edith Eva Eger.
Un libro donde la autora dice que hablará de tres cosas: «mi historia de supervivencia, mi historia de autocuración y las historias de las maravillosas personas a las que he tenido el privilegio de guiar a la libertad».
Me ha tocado muy dentro, y muy hondo. Escribe "quiero que escuches mi historia y digas: “¡Si ella puede hacerlo, yo también!”».
A veces me encontré con gente - lectores, conocidos, algún amigo- que no entiende que aquí, y en otras páginas que he escrito aquí y allá, cuente muchas cosas muy personales y, para algunos, indiscretas. Y me alegró leer el argumento de esta mujer.
Una de las ideas que recorre todo el libro, que comprendió al leer a Víctor Frankl, es la de que el silencio y la negación ante las desgracias del pasado son grandes errores.
Lo anuncia ya al principio del libro: «Durante gran parte de mi madurez, creí que mi supervivencia en el presente dependía de mantener encerrado el pasado y sus tinieblas. Durante mis primeros años como inmigrante en Baltimore en la década de 1950, ni siquiera sabía pronunciar Auschwitz en inglés. En cualquier caso, no habría querido explicarle a nadie que había estado allí, aunque hubiera podido. No quería la compasión de nadie. No quería que nadie lo supiera».
Explica más adelante, «lejos de disminuir el dolor, todo lo que nos negamos a intentar aceptar se convierte en una realidad tan inexpugnable como los muros de cemento y las barras de acero», pues la libertad empieza por aceptar lo sucedido y «significa armarnos de valor para desmantelar la prisión pieza a pieza».
Así es. Se trata de aceptar nuestro pasado, sea el que sea, lo consideremos como lo consideremos, porque «no podemos decidir hacer desaparecer la oscuridad, pero podemos decidir encender la luz», que «por muy frustrante, aburrida, limitadora, dolorosa u opresora que sea nuestra experiencia, siempre podemos decidir cómo reaccionar. Y por fin empiezo a entender que yo también puedo decidir. Darme cuenta de eso cambiará mi vida"..
Ya sé que una vida en el opus dei no es una vida comparable a un campo de concentración. No es ese el tema. El asunto es el de esas personas que niegan su pasado, lo ocultan, lo disfrazan, huyen.
No se trata de contar la pena negra. Ni de odiar ese pasado. Renegar de él.
Se trata , como escribe cuando habla de las cartas con Frankl le ayudaron también a encauzar su vida: a «tratar de encontrar sentido a mi vida ayudando a que otros encontraran sentido a la suya».
Vivimos entre el ruido y la prisa, y gracias a ello añoramos la paz que hay en el silencio.
Dios vive en los geriátricos, en los manicomios, en las bocas desdentadas, en el discapacitado que se le cae la baba, en la depresión que sobrevive al suicidio cada día, en l@s cortit@s de las familias ricas que se dan cuenta de que no valen nada, en el que se arruinó por su mala cabeza y exceso de corazón.
Dios vive en la planta de oncología , en los enfermos de ELA, en todos los desechos que aquí y allá andan. Unos tristes, muchos contentos.Unos solos, y otros acompañados.
Dios allí tiene un ejército de soldados que no valen una mierda. Pero Él coge esa mierda , la aplasta contra su pecho y dice " ¡ mío!". Se condecora con esa mierda.
Un ejército ridículo y sin embargo invencible.
Gente calva, gente que hay que limpiarle el culo, y ponerle pañales. Gente que habla mal, que no se le entiende. Pero que mira, y sus pupilas son amor, agradecimiento.
Yo lo he visto: un hombre muy seguro de sí mismo , cualquiera de esos que parecen los grandes del mundo, los poderosos, entran en esa planta y tiembla de miedo nada más verlos.
La enfermedad, la propia o la de un ser amado, también es una forma de encarcelamiento y la experiencia del dolor lo desafía todo.
¿ Me entenderá alguien?...
Me acaban de decir que ha fallecido José Ramón Villar, sacerdote.
José Ramón y yo éramos muy, pero muy diferentes y, cosas de la vida, no se me olvida la última frase que me dijo cuando le llamé para interesarme por su salud , tenía un cáncer: " sin ti yo no sería quien soy"..
Estudiamos juntos en el colegio El Salvador, en Zaragoza. Coincidí el curso que repetí. A los trece años.
No consigo entender por qué se vino conmigo de monaguillo a la parroquia de Santa Engracia. Poque uno era un zascandil, muy golfo, y con un carácter tan distinto al suyo.
Después lo animé a venir a Cuellar, un club juvenil de la opus dei. Y allí me hice de la prelatura, y después se vinieron un grupo que andábamos por los jesuitas: Javier, Jorge, José Ramón, y alguno más. A José Ramón , ¡ recuerdo esa conversación como si fuese hoy!, le hablé de entregarse a Dios en Comarruga, en una conversación en la playa, durante unos días de convivencia en semana santa. Era en 1974.
Joserra, así le llamábamos, por entonces no pronunciaba bien la "erre". él decía "Josega". Un día llamó a la puerta en una reunión y alguien dijo " ¿ quién es?".
- Soy José - contestó.
Al abrir vimos que era Joserra, y el que preguntó exclamó: ¡hombre, Pegamón!" Y se quedó con "Pegamón".
Después nuestras vidas se separaron. Él siempre fue un niño maduro. Si veis la foto es igual que de chaval, pero crecidito y muy formal. Se ordenó sacerdote y estuvo en Navarra impartiendo clases. Fue decano de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Un coco. Un corazón de quilates. Y con esa ingenuidad y bondad que he visto en gente de estudio y reflexión y que tiende a vivir en otro mundo.
José Ramón amaba su vocación sacerdotal.
Cuando supe de su enfermedad le llamé. Le sorprendió. Noté su perplejidad. Él era una persona delicada, y muy sensible. Hablamos. Y sentí que, tal vez por respetarme, no me decía nada tipo "reza por mi", o " ¿qué tal estás?"...imaginé que sabía que yo había dejado el opus dei y, por discreción, o vete a saber qué, no hacía referencia a lo espiritual. Así que le dije:
- Aunque parece que no quieres hablar del tema que sepas que rezo por ti, y que aún me acuerdo de los años de Cuéllar. Y me gustaría que rezases por mi, me irá bien.
Silencio.
- Pues te agradezco que le digas. Sin ti yo no sería quien soy.
Poco después le comenté divertido..." no sé cómo terminará tu historia , pero estoy seguro que cuando vayas al cielo todo eso de la teología a la que has dedicado toda tu vida no tendrá nada que ver con lo que es aquello.
- Seguramente.
Aún hablamos varias veces más.
Josérra tenía una vocación muy definida y muy potente. Vivió sólo para aquello que dio un sentido su vida, básicamente. Nació para hacer lo que hizo, y como lo hizo . Es de esos que de muy pequeños te dirán: «Yo quiero entregarme a Dios», y lo acaban haciendo.
Y lo hizo bien. Estoy seguro.
Otros andamos dando vueltas de aquí para allá, parriba, pabajo , en proceso de búsqueda y un proceso en el cual , más o menos, terminas como buenamente puedes.
En fin, cada uno es como es. La muerte no existe como contraposición a la vida, sino como parte de ella. Y ahora le pido a Joserra que me eche una mano. Que se acuerde del Suso de Jesuitas, de santa Engracia, de Cuéllar, de los días que subíamos andando al colegio, esos días que reíamos y gamberreábamos por la calle, tú, que eras tan formal, y que siempre tenías un refrán para cada situación.
No me dejes, Joserra.






