Conforme pasan los años uno va ajustando y enfocando su propio retrato. Quiero decir que te ves a ti, tu biografía, las personas que te han acompañado, y comprendes...
Y, por ejemplo, me he dado cuenta - ¡ y de qué modo!- de que soy como el Hacendado de los Mendive. Nos parecemos, pero soy la versión baratilla. O, peor, un algo a punto de caducar. Me he quedado en un " casi". Aunque no siempre fue así.
Hubo un tiempo que mis padres sacaban pecho cuando les preguntaban por mi:
- Pues allí está, en lo suyo. Ahora es director de un centro del Opus Dei, y da clases en....o ahora está en Valladolid y es subdirector del colegio de allí. Está feliz.
¿ Pero qué era lo mío? Al final lo mío era un tío con una bomba atada al cuerpo paseándose por la calle y que un día explotó llevándose por delante todo quisqui que le rodeaba. Y toda esa mierda quedó a la vista de todos. Ni opus, ni vocación , ni pollas.
Hasta entonces era como si uno tuviera un papel y la necesidad de representarlo delante de la gente, de su gente. Se esperaba una persona alegre, optimista, gamberrete, frívolo- con resevas- , simpático. De mi se esperaba el desenfado, descarado, con una ambigua despreocupación, con un don que todos reconocían. El que contagiaba sonrisas, el flautista de Hamelin.
Uno tenía su papel. Y lo hacía muy bien.
Pero era una mentira. Era un papel que tarde o temprano se haría una bola con él y que acabaría encestando en la papelera.
Y llegó a casa y cuento la verdad. No podía dejar que pensaran que la culpa de mi defección la tenía la opus - porque no la tenía, ni siquiera como una mala excusa en la que parapetarme. Y la verdad me dejaba en muy mal lugar: infiel, sucio, con una doble vida derrotada. No se me olvida la cara de mis padres. Todo esa imagen del Suso hecha añicos. El folio que salió mal, la fotografía familiar rota. El tintero derramado sobre mi biografía, tan limpia.
Al final uno era como esa caligrafía de cuando estaba en primaria en las que siempre me salía de la línea. Y que no había forma de corregir.
Al día siguiente todo fue volver a empezar. También mis padres conmigo.
Hay una película que se titula Una historia verdadera, de David Lynch. Es un viaje al corazón del hombre.
Su protagonista recibe la noticia de que su hermano Lyle, con el que lleva sin hablarse diez años, ha sufrido un infarto. Decide ir a verlo para reconciliarse con él, pero el viaje es largo: hasta Wisconsin hay 500 km., y él solo puede conducir su viejo cortacésped.
Su frase es " voy lento porque tengo prisa". A pesar de todo, se pone en camino en un viaje que, según sus propias palabras, le servirá para tragarse su orgullo y poder volver a ver las estrellas, de noche, con su hermano.
Durante el recorrido le suceden muchas cosas, y tiene muchos encuentros. Una noche , a la luz de una hoguera , tiene una conversación con una joven embarazada que ha huido de casa. Está perdida, en el desvarío.
Y aquel anciano le pregunta qué familia tiene. Ella contesta que son cinco , padres, hermano, abuela. Y el hombre coge una pequeña rama de madera y le pide que la rompa.
La chica lo quiebra sin esfuerzo. Después , Straight une con un haz cinco palitos , se los da y le pide que haga lo mismo. La chica no puede romperlos.
- Eso es la familia. Sólo ella es fuerte. Si te quedas sola, te perderás para siempre.
Y eso es lo que me sucedió aquel día. Fui a refugio con mi familia, y allí nos hicimos fuertes. Es lo que te deseo. Si eres hijo y has fracasado, vuelve a casa. Si eres padre, acoge y perdona.
Pero no te quedes sol@.






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