Me llama mucho la atención un tema del
que muy pocas veces nos ocupamos: la candidez del género humano. La
capacidad que tenemos de tragarnos las bolas más planetarias. Vamos,
que nos chupamos el dedo con una facilidad pasmosa.
Pienso que somos buena gente por
naturaleza. Hay algo en nuestra estructura que está hecha para
facilitar la credulidad. El perro de Pavlov: suena la campana, hay
comida. Así se forman muchas creencias, por repetición. Oigo la
campana y creo firmemente que hay comida.
Nos creemos toda información que
recibimos cierto número de veces y por distintos caminos que se
confirman entre sí. Los publicistas salgo saben de eso. Y los
políticos. Y algunos feriantes de la cosa religiosa.
"Míreme a los ojos y lea en mis labios...".
Por eso somos tan idiotas que votamos a gente que despreciamos, sin embargo, en un mes de campaña son capaces de enviarte la suficiente información para que confíes en ellos de una manera entusiasta.
"Míreme a los ojos y lea en mis labios...".
Por eso somos tan idiotas que votamos a gente que despreciamos, sin embargo, en un mes de campaña son capaces de enviarte la suficiente información para que confíes en ellos de una manera entusiasta.
Pero uno puede entender que sea fácil
creer cuando la experiencia te ha enseñado que las cosas son así.
Meto los dedos en el enchufe y ,¡coño!, eso hace pupa. O sea, creo
en lo que veo.
El problema es cuando creemos en lo que
nos dicen y que no vemos. Sin garantías de ningún tipo. “Yo jamás
subiré los impuestos...¡vamos, hombre!...¡nunca!”...”yo os
prometo la independencia y seremos más libres y más ricos”...”hijos
míos, yo os aseguro el cielo”.
O viceversa “si no confiáis en mi
nos vamos al abismo”...”España nos roba y nos esclaviza”...”si
abandonáis la barca estáis traicionando a la obra, a tus hermanos,
a la Iglesia, y te juegas tu salvación eterna".
Es lo de siempre: el que manda algo
siempre juega con tres fuerzas: la capacidad de hacer daño, la
capacidad de dar premios y la capacidad de cambiar las creencias....y
nuestros miedos de incautos inocentes que tragamos con todo.
Hoy los dos blogs comparten tema: aceptar lo inevitable.
Mientras escribía la entrada, recordé
alguna familia que precisamente padecieron las consecuencias de no
aceptar lo inevitable. Son un clásico de los colegios.
Padre o madre con problemas con alguno
de los hijos. Pueden ser problemas de carácter del crío, de que no
da para más, que no termina de encajar porque es agresivo, o que es
cortito, porque los hay
que son cortitos...en fin, por lo que sea.
Normalmente es la madre
la que se dedicaba en cuerpo y alma al niño, y pronto da la voz de
alarma, pero el papi piensa que no, el problema es del colegio, o
de la madre, que le protege demasiado. La realidad se impone, pero
ellos, viendo que está estancado el tema, lo cambian de colegio y
lo envían en tercero de primaria a otro.
Ponen a parir al anterior
, y describen un profesorado de una inutilidad cósmica. “¡No los
hemos denunciado porque, vamos, le ha faltado un pelo!”.
Poco después, el nuevo
colegio sigue el mismo camino que el anterior. El chaval tiene
problemas. Los padres continúan porfiando y luchando contra
todos; las relaciones entre la pareja se deterioran día a día,
porque el hijo no responde a las expectativas puestas en él.
El final casi siempre es
el mismo repetido. Un desastre. Una lucha de años para nada.
No aprende quien cree que
todo lo sabe. Y durante días, meses, años, los profesores , los
compañeros de clase, los padres del curso, les hacían ver que ese
hijo era problemático. Pero ellos estaban convencidos de que el
problema lo tenían los demás.
Y el resultado es que te
comes el marrón tú solo. A veces con separaciones que rompen con
todo.
He releído tres veces la entrevista al
Papa Francisco.
Nada que ver con lo que han transmitido
los medios. Estamos ante un hombre que nos va a hacer mucho bien. Me
decía un amigo hace unos días que, desde luego, el Espíritu Santo
se está luciendo con los últimos Papas.
Hace años tuvimos aquí una buena a
cuenta de una entrada donde escribí , textualmente, que la primera
misión de la Iglesia es predicar al mundo que ya estamos salvados.
No a todos gustó la idea. Incluso hubo
quien me tachó de
filoprotestante.
Y me encuentro con este párrafo, que
me conmueve...
“La Iglesia a veces se ha dejado
envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más
importante es el anuncio primero: ‘¡Jesucristo te ha salvado!’.
Y los ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de
misericordia”.
En fin, siempre habrá quien se deje
envolver por pequeñeces, pequeños preceptos absurdos, cumplimientos
puntillosos, o insultos al que ha intentado cambiar de vida , como
el que ayer me recordaba con cierto despecho mi pasado, que fue
eliminado porque ya son cosas sabidas..
Déjalos.
Que no se te olvide el anuncio
primero. Te irá bien.
Más vale retirarse a tiempo que morir
a destiempo, dice el refrán.
¡Cuántas veces pagas por ver una
película y al cabo de diez minutos uno sigue contemplando aquel
bodrio, pesado y plomizo, y no se va!. Pensamos que aprovechamos
mejor nuestro dinero si nos quedamos.
Es la tozudez del corto de miras.
Invierte en bolsa, e insiste en esa inversión porque piensa que ha
invertido tanto allí que lo mantiene para justificar su inversión.
O esos matrimonios que persisten en su unión por la misma razón (porque, al
final, casi todos los valores son económicos).
La tozudez del opositor que se presenta
una y otra vez, y calabazas. ¡Y sigue!
La tozudez de Gallardón y Botella con
las Olimpiadas de Madrid.
La tozudez de los mandos en la batalla de Gallipoli
donde los australianos que eran de caballería e infantería reciben
la orden de atacar con la bayoneta calada y no disparar. No quedó ni
uno. Murieron como héroes por obedecer órdenes de un general
tozudo.
La tozudez de Tomás que cada día entra por aquí y deja su caquita creyendo que un día nos cansaremos...
La tozudez, el pensar que tanta
dedicación y esfuerzos invertidos, al final, darán resultado.
¡Que desastre los tozudos!
Lo aprendí de bien pequeño: si
despiertas siempre a la misma hora, fines de semana incluidos, hay
pocas variaciones en tu carácter.
En cuanto pude, a los once años más o
menos, iba a Misa yo solico a las 9 de la mañana.Y, además, de
monaguillo con un cura que se llamaba don Alejandro Martínez. Nunca
me costó madrugar. Y así sigue siendo. Todos los días, duerma las
horas que duerma, a las seis y media estoy con don Pim Pom bien
contento.
Después, con los años, aprendí otra
cosa: la mayoría de la gente los viernes está alegre (curiosamente
deberían estar cansados del trabajo de la semana), y los domingos
por la tarde , más bien cabreadillos (curiosamente deberían estar
contentos, relajados después del descanso semanal.).
Y la razón no es sólo porque han
cambiado su rutina de horarios el fin de semana. La razón está en
el coco. Nuestros pensamientos son responsables de nuestro estado de
ánimo. No es lo que te pasa lo que te hace estar mal, es lo que te
imaginas: ¡otro lunes marrón!, ¡el puto jefe!, ¡la visita
comercial!, ¡las clases!...a ver cuando hay puente,¡coño!
Alguno, leyendo la entrada, pensará
“¡sí, hombre, ahora resulta que la culpa es mía!...¡pero si
son cosas que me pasan!”.
Te pasan porque ya las has anunciado y
profetizado en tu cabolo. Es como el chiste del coche averiado y el
tío que va a pedir un gato en una casa vecina a altas horas de la
noche...”¿sabe lo que le digo?...¡que se meta el gato por el
culo!” (doy por hecho que el chiste es conocido y omito su
desarrollo completo).
¡Es la cabeza!
Escribió Virginia Wolf que “a la
gente le gusta sentir sea lo que sea”. Y es cierto. Da mucho miedo
pensar que no sienten nada por ti. Que no sientes nada por nadie.
Ese “sentir lo que sea” lo expresa
muy bien sor Mariana Alcaforado, la monja que se enamoró viendo al
conde de Saint Leger desfilar a caballo; escritas tras el regreso
a Francia del conde, la monja narra en ellas su pasión. La escribió
en cinco misivas que son consideradas una obra maestra de la
literatura universal...
“Ámame siempre, y haz padecer más a
tu pobre Mariana”.
Son amores que duran cociéndose a
fuego lento en un infierno emocional atormentado y doloroso. Muchas
veces, enfermizas como una adicción.
¿Pero no es peor el síndrome de
abstinencia?
Otra historia de estos años...
“Quiero ser tu puta”, le dijo entre
lágrimas al saber que él se marchaba lejos.
Un año después ella le escribió...
“Tuve que ir al psiquiatra. No
conseguía olvidarte. Le dije que sabía que no me querías, que sólo
venías para echar un polvo y marcharte. Le dije que te daba
vergüenza que te vieran conmigo. Le dije que tu condición de hombre
entregado a Dios te atormentaba en lo que juzgabas como “caídas”.
Te despreciabas y te sentías sucio...el psiquiatra me preguntó “si
es así, ¿por qué no dejas de pensar en él?”
“Es que le amo...pero verdad que usted
me ayudará a desenamorarme?”
Se cuentan por miles los astrólogos,
videntes, mediums y esotéricos en España. Inquietante dato que
muestra de alguna manera el número elevadísimo de lelos que la
habitan.
Hace un mes conocimos el caso de un
presidente de un equipo de fútbol que, estafado, quiso arreglar
cuentas con la bruja, natural de La Muela, ¡hala, maña!.
Pujol consultaba con una autóctona
dallá dalt de la montanya. Lo mismo Mario Conde, la mujer de Reagan,
Miterrand...
En los colegios que anduve conocí
varias madres que confesaban sin pudor haber consultado su porvenir a
una pitonisa. No se avergonzaban de ello. Leo que un 45% de las
mujeres confía más en el horóscopo que en su pareja.
Y no es extraño encontrarte alguien
que lo primero que te pregunta el signo del zodíaco.
- Yo soy Aries, ¿y tú?
- Capricornio...¿echamos un
casquete?
- ¡Claro!, ¡ estamos en
conjunción!
- ¡Abajo pantalones!
A eso se le llama superstición, que es
creer en cosas que sabemos absurdas, pero que le ayuda a justificar
sus actos a la hora de tomar decisiones, o a echar la culpa a “algo
exterior” de nuestra responsabilidad.
Esta gente se encuentra a un paso del
fanatismo más atroz. Porque una persona que cree en esas memeces es
capaz de creer cualquier cosa. Cruzar esa frontera en la que , como
el terrorista suicida, o el grupo facha que quema la bandera de
España y boicotea las conferencias de los que no piensan como él, o
los ultras que van a liarla en una librería, cree totalmente
justificada la violencia.
Los que incendiaron la biblioteca de
Alejandría lo tenía muy claro: o los libros que hay aquí dicen lo
mismo que el Corán, y entonces son inútiles, o dicen otra cosa y,
entonces, son blasfemos. Sea como fuere hay que quemarlos”.
El fanatismo es una superstición
llevada a la práctica. No hay ninguna evidencia de que tengas razón.
Es todo mentira.
La anécdota me la contó su padre en una tutoría en Viaró.
Iban en un Mercedes a la altura del antiguo campo del Español. En un semáforo en rojo pararon, y poco después , en paralelo, lo hizo un Seiscientos descacharrado.
- ¡Vaya mierda de “Pichens”!- comentó riendo el crío y señalando el coche, que en Barcelona llaman “Pichens”.
Se puso en verde el semáforo y el padre aparcó un poco más adelante. Abrió la puerta del coche y le dijo a su hijo “bájate. Esa es la parada del autobús. Pregunta qué número te lleva cerca de casa y vas allí...”.
- Pero, papá, ¿qué pasa?
- Pasa que este coche es mío, y no tuyo. Pasa que ese “Pichens” es de ese señor, y lo suyo le habrá costado conseguirlo. Pasa que no vas ir en mi coche porque no me gusta que te rías de la gente cuando tú no tienes nada....¡andando, al autobús!
El crío tenía 10 años.
Me lo contó un viejo conocido, fiscal
de profesión.
Se había presentado una denuncia por
agresiones por parte de una mujer contra su marido. Mi amigo habló
con aquel hombre y le comentó que una denuncia más y lo metía en
la cárcel. No era asunto de broma.
Pasaron los días y la señora se
presentó en despacho del fiscal.
- No sé que le dijo usted a mi
esposo, pero desde aquel día no me pone la mano encima.
- Bueno, de eso se trataba, ¿no?
- Pero es que...no sé, me parece
que ya no me quiere.
- ¿Que no le quiere?
- Por favor, hable con él, tampoco
se trata de que no me toque. Cuando me pegaba , a veces, también
era por cariño...hable con él porque me parece que va a dejarme.
Si quiere, puede pegarme a veces...
Mucha gente está hecha de miedos y de
reflejos condicionados.¿Por qué vuelven esas mujeres a sus casas
cuando saben que las van a maltratar?, ¿por qué no termina ese
hombre de irse de un trabajo que le humilla y lesiona su dignidad?
Podemos imaginar que contestarán que
lo hacen por sus hijos o por la falta de recursos para vivir de forma
independiente, pero vuelven porque el mundo de fuera les da un
miedo enorme y, aunque en el mundo que conocen tienen asegurado que
van a sufrir, al menos es un mundo del que en cierta medida saben lo
que pueden esperar.
Estoy convencido de que ésta es sólo
una explicación parcial y de que hay muchas otras ocasiones en las
que son otros los motivos que empujan a esas mujeres a volver a sus
casas, o a esos hombres al trabajo.
Muchas veces sólo cuando llegamos a
ese punto de insatisfacción inspiradora en el que decimos: «hasta
aquí», «se acabó», «así no sigo», y resolvemos con verdadera
determinación dar un paso adelante, reunimos el coraje que es
necesario para pasar de lo conocido a lo desconocido.
¿Se puede hacer?, ¡claro que se
puede!
Escribió Kierkegard que “el que
tenga un secreto que no se case”.
Conocí y sufrí de varios que les
explotó el secreto en las manos cuando menos lo esperaban. Uno por
un currículum académico sin terminar, años después, ya en su
trabajo profesional. A alguien se le ocurrió pedirle el certificado
de estudios, y resultó que ni abogado , ni doctor en derecho.
Otro por una enfermedad venérea que
ocultó. Pero el bicho latía dentro.
Y unos cuantos más que desaparecieron
en combate antes de pasar por esa vergüenza del secreto revelado a
su pesar.
Un secreto, y todas las mentiras lo
son, es expansivo y asfixiante siempre. Siempre. No creas que el tuyo
no, porque te equivocas. Te obliga a una constante tarea de
camuflaje, y disponer de una memoria trufada de recuerdos de tus
mentiras.
Una de las cosas que mas me han echado
en cara mi gente – familia, amigos, amores, jefes- es el exceso de
sinceridad, y qué necesidad tenía de contar mi pasado. ¿A quién
le importa?.
Después, cuando los años han pasado,
de ninguna de esas sinceridades me arrepentí.
Recuerdo unos padres en una tutoría en
Barcelona. Salió el tema de una conversación que habían mantenido
con su hijo en el coche sobre su futuro profesional.
- ¿Qué quieres estudiar cuando
dejes el colegio?
- Quiero ser profesor- contestó el
chaval.
- ¿Pro...pro...profesor?
- Sí, me gustaría dar clases.
Los padres estaban escandalizados.
“¡Cómo se le ocurre querer ser profesor!”...”me gasto una
pasta en el colegio para que ahora venga con que quiere ser
profesor”...”¡profesor!”.
Entonces yo era un pipiolo, pero me
coscaba que la parejita me estaba diciendo que “vaya mieeerrrda de
profesión tienes”.
- ¿Y qué hay de malo en ser
profesor?- pregunté.
- Hombre, nada, no te lo tomes a
mal, pero no lo henos llevado a Viaró para que el niño quiera ser
profesor.
- ¿Y qué tiene que ser?
- Pues algo en que se gane bien la
vida- contestó la madre que, efectivamente, se había casado con un
señor que hacía que la señora viviera “de puta madre” (nunca
mejor escrito).
“Ganarse la vida”...¡vaya
frasecita!. Yo creo que la vida la ganamos nada más nacer. Para esos
padres “ganarse la vida” era el resultado de nacer “con la
vida perdida”. Y, oiga, aquí abajo no hay que ganar nada. Ya está
ganada la vida, coño.
No sé vosotros, pero uno jamás se ha
planteado eso de “ganarse la vida” a la hora de buscar trabajo.
A mi me han enseñado, y de bien pequeño, que la vida, por el hecho
de nacer, ya está ganada.
Y para ti también.
Mossén
Xavier es un sacerdote de pequeña estatura que no se andaba con
chiquitas en cuanto a alguna broma sobre su tamaño. Es más, si lee
este párrafo eso de “andarse con chiquiitas”, con toda
seguridad, me ganaba una buena somanta de sopapos.
Se
ponía muy agresivo. A veces bastaba una mirada que él juzgaba
burlona y te soltaba un “¿qué miras, fil de puta?”. Gran
quebrantamiento , y una susceptibilidad picajosa.
Yo
le he visto expulsar de un oratorio a toda una clase al grito de
“¡hala, fuera de aquí , gilipollas, os vais a reír de vuestra
puta madre!”. Después me cayó la bronca a mi, que era el profesor
que atendía esa plática.
- ¡Pero,
Xavi, que no se reían de lo que tú te crees...
- ¿Y
qué me creo yo,¿eh?, a ver, de qué te crees tú que me creo yo
que se ríen...
Como
nombrar el asunto del tamaño conllevaba una ustie, mejor callar...
Pero
el hombre, a fuerza de luchas gigantescas por dominar su carácter,
alcanzó con el tiempo la terapia de su complejo: el reírse de sí
mismo.
Concurrió
una vez a un aperitivo después de una reunión de curso en la cual
él era el más bajo de los presentes, con diferencia.
— Mossén
—bromeó uno de ellos—, yo diría que no debe de sentirse cómodo
entre unos hombrones como nosotros.
—Pues
sí—respondió el mossén—, me siento como una moneda de dos
euros entre un montón de céntimos de euro.
En
Vallsur, un centro multicomercial de Valladolid, había una cola
para acceder a una zona especial de juegos para niños. Dos padres
jóvenes esperaban su turno, mientras dos críos impacientes
correteaban a su alrededor.
Al
llegar a la entrada una chica con una gorra azul con el logotipo del
Centro les preguntó la edad de los críos.
- ¿Qué
edad tienen los chicos?, sólo está permitido hasta seis años.
- ¡Vaya!,
pues tienen siete y ocho años- contesta uno de los padres
La
chica contestó:
- Oigan,
podían haberme dicho que tenían seis años, yo no hubiese notado
la diferencia.
- Bueno,
es probable que tú no hubieses notado la diferencia, pero los
niños sí.
Seguramente
a muchos de nuestros políticos no los educaron padres así. En
tiempos difíciles «la clase de persona que eres habla en voz tan
alta que no me deja oír lo que dices», leí en un periódico de
esos que tienen sentencias en su cabecera. Puedes definirte como te
dé la gana, tus actos , a gritos, dirán quién eres.
Hay
sectores que , si están atentos, tienen la suerte de ver paisajes
internos maravillosos.
Uno
es la enfermería. Os contaré una historia de una enfermera que se
llama Carmen, amiga de la Piedra
Hace
muchos años, trabajaba en el Clínico de Valladolid, allí conoció
una niña, Henar, que sufría una rara enfermedad muy grave. Al
parecer, su única posibilidad de recuperación era una transfusión
de sangre de su hermano de ocho años, que había sobrevivido
milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado los
anticuerpos necesarios para combatirla.
El
médico y sus padres le explicaron la situación al niño y le
preguntaron si estaría dispuesto a donar sangre a su hermana. El
chaval dudó un momento antes de tomar la decisión, hizo una
inspiración profunda , un resoplido fuerte , y responde: «Sí, lo
haré si es para salvar a Henar».
Mientras
se realizaba la transfusión, el niño permaneció en una cama junto
a la de su hermana, sonriendo, como todos los presentes, al ver cómo
el color volvía a las mejillas de Henar. Después, su rostro
palideció y se esfumó su sonrisa. Levantó los ojos hacia el médico
y le preguntó con voz temblorosa: «¿Empezaré a morirme ahora
mismo?»...
En
su inocencia de crío, había entendido mal al médico y pensaba que
tenía que dar a su hermana toda su sangre, y después cascar, como dicen los
maños.
Le
he dado muchas vueltas a esa historia. Me ha conmovido. Muchas vueltas.
En
una peregrinación dos monjes llegaron al vado de un río. Allí,
vestida con sus mejores galas, se encontraron con una muchacha que no
sabía qué hacer, porque el río estaba crecido y ella no quería
mojarse la ropa. Sin pensárselo dos veces, uno de los monjes se la
cargó a la espalda, la llevó al otro lado del río y allí la dejó
sobre terreno seco.
Después siguieron su camino, pero, pasada una hora, el otro
monje comenzó a amonestarle:
—Indudablemente,
no está bien tocar a una mujer; va contra las reglas tener contacto
con mujeres. ¿Cómo has podido ir contra las reglas de la vida
monástica?
El
que había cargado con la muchacha siguió andando en silencio, hasta
que finalmente dijo:
—Hace
una hora que la dejé en la orilla del río; ¿por qué sigues
todavía cargando con ella?
Desconfío
de esos moralistas que a menudo usan su estrechez sectaria para
justificar lo más inmoral de ellos mismos: su miserable
autosuficiencia egoísta y su acritud al juzgar a los demás.
Los que lleváis tiempo en el Barullo
sabéis que tengo los nacionalismos como una ideología hecha para
el trinque de unos pocos, letal para el individuo y, sobre todo,
victimista. Es una mentira, un artificio.
Lo peor de la Historia nos ha llegado
de la mano de ellos, sean religiosos (en su mayoría lo son),
políticos, o de raza.
Lo que no soporto es el victimismo.
Vivir rodeado de circunstancias
inoportunas- siempre son “los demás” los culpables- es también
la excusa ideal que tienen para no abandonar su posición de víctima
y manifestar permanentemente los síntomas de una victimitis con la
que se acaban sintiendo de manera constante «jodidos, pero
contentos».
“Si nos dejaran seríamos prósperos
y ricos”. Y es cierto, sobre todo ellos, las cuatro familias que
sostienen el cotarro (las mismas,¡qué casualidad!, que estaban en
la pole con Franco).
Algunos de los síntomas más evidentes
de la victimitis son la queja continua sobre la vida y los demás, la
sensación de vivir como resultado de las circunstancias más que
como generador de ellas, el uso frecuente ― a veces permanente―
de los demás como muleta o paño de lágrimas, una visión dura y
difícil de la vida (donde hay muchos más enemigos y amenazas que
amigos y oportunidades) y la dificultad para experimentar placer,
entre otras.
No escribamos una lista de ellos, los
tenemos todos en la cabeza. ¡Qué pesados!, ¡siempre con cara de
haber lamido la escobilla del wáter!
Dice un aforismo tibetano:«No hay
situaciones desesperadas, sólo personas que se desesperan». Un
nacionalista es un señor desesperado, inventando una situación
desesperada, para tener la excusa perfecta para llevar a una
muchedumbre a la desesperación.
Si no lo dices, no tienen por qué saberlo.
Si tienes una necesidad, compártela. La gente no tiene una bolita mágica para saber qué te sucede.
Eso ocurre con los bebés, y los animales. Es trabajo de pediatras y veterinarios el conocer qué le sucede al sujeto bicho / enano. Tu mamá sí que sabe qué te puede suceder. Pero mamá no está ahora a tu lado para ponerte la mano en la frente y darte unas friegas en el vientre.
Si quieres algo, pídelo.
Hace un año tuve una entrevista de trabajo con mi nuevo jefe. Yo venía de otra empresa, una venta y subrogación, y me quería conocer más a fondo. Fue un desastre de conversación. Aquel tipo no me gustó nada. Ni él estaba hecho para mi, ni yo para él.
Regresé a casa con una desazón e inquietud muy grandes. Le dije a Manuela que dejaba el trabajo. Me despedía sin más, ni finiquito ni historias. Podéis imaginar como la dejé.
Cuatro días después se lo comuniqué. Al hombre le cambió la cara. No entendía que me fuera así, con una mano delante y otra atrás.
- No me creo que no tengas resuelta tu salida, alguien te ha fichado. No puede ser que te vayas así...
- No tengo nada, sólo que somos incompatibles.
- A ver, algo hice mal en esa entrevista. Dime por qué has tomado esa decisión. Explícame por qué somos incompatibles.
Hablamos a calzón quitado...¡y todo solucionado!
Por lo tanto, aunque es obvio, a veces las oportunidades aparecen porque pedimos lo que creemos que es justo o simplemente porque lo deseamos: desde un aumento de sueldo hasta salir a cenar con alguien que nos gusta, o estar mejor con tu jefe.
No te cortes y habla claro.
Trato desesperadamente de dar
consejitos a Manuela. La otra noche me respondió “por favor, deja
ya de decir cosas patéticas. Déjame en paz”.
Lo hablo con un amigo que ha pasado con
su mujer una situación parecida. “No sé qué hacer”- le digo. “
Quiero acompañarla y me parece que estoy metiendo la pata”.
- Está en un proceso interior donde
se está escuchando a sí misma. Dale tiempo. Necesita silencio.
“Ahora está en el principio.
Escucharse resulta muy difícil porque el proceso implica una
apertura, un espacio a la vulnerabilidad, y eso genera miedo. Se está
buscando”.
Consuela saber que santos, sabios y
genios de todas las épocas han pasado por ese proceso cuando
trataban de encontrarse a sí mismos y ponerse en contacto con una
fuente inagotable de creatividad.
“Déjala en paz”.
Beethoven decía que en el silencio
esperan todas las melodías imaginables. Eso es lo que está
buscando.
En la travesía de
nuestra vida siempre encontramos trampas, escollos, o accidentes
más o menos ocultos a nuestra vista que van a intentar que no
lleguemos a buen puerto. Estas trampas recuerdan a algunas de
aquéllas a las que tuvo que enfrentarse Ulises en la Odisea. Los
cantos de las sirenas eran tan bellos que los marineros, incapaces de
resistirse a tales encantos, dirigían sus navíos contra las rocas,
se estrellaban en ellas y perecían. Ulises, sabedor del peligro que
les acechaba, ordenó a sus hombres que se pusieran unos tapones en
los oídos para no quedar seducidos por esas sirenas que sólo
buscaban su perdición.
Pero el tío no se perdió
la serenata...jugó fuerte y le salió bien. Imagino que no debió
pasarlo bien atado a ese poste.
Las trampas son nuestros
filtros mentales y su gran poder estriba en que tienen la capacidad
de alterar la percepción de
lo que vemos, y pueden por ello conducirnos a nuestra propia
destrucción sin que ni tan siquiera nos percatemos.
La forma más efectiva de
alterar la percepción de lo que vemos es crear ciertas emociones. A
eso se dedica toda una industria , a hacernos ver lo que no existe,
apetecer lo que no necesitamos, disfrazarnos de lo que no somos.
Ellos saben que cuando uno cambia la forma de ver las cosas, las
mismas cosas cambian.
Pero es mentira.
Esto significa que hay
gente, quizás tus jefes, tu banquero, el Corte Inglés, algún
compañero de trabajo, quizás tu novia, algún amigo, incluso tus
padres , que pueden presionar una parte de ti y conseguir que caigas
en la trampa. Te conocen y saben donde está tu vanidad, o ese afán
de no contristar a los demás, o ese miedo a quedar mal...y lo usen
en beneficio propio. Harán contigo lo que quieran.
Pero también significa
que puedes cambiar. En lugar de vivir del exterior, vive de tu
interior. No eres una estructura rígida, ya formada. El que te
cambió por fuera no puede nada contigo si empiezas desde dentro.
¿Cómo se hace?.
Comienza como los marineros de Ulises. Tápate los oídos. Busca el
silencio unos minutos al día. No se trata de eso de “el reino de
Dios está dentro de vosotros”, o sí. El consejo sirve lo mismo
para creyentes y gentiles.
Acostúmbrate al silencio. Si lo
consigues, poco a poco te irás transformando y llegarás a
entender eso de “no te preocupes por el que comeré, o qué
vestiré...cada día tiene su afán”.
Está comprobado que en cada jornada
laboral se repite el 90 por ciento de lo hecho el día anterior.
Piénsalo. Si es así en tu caso, es difícil salir de ese «círculo
vicioso».
En realidad sabemos hacer muy pocas
cosas. Basta que observes a tu alrededor. Ese profesor que año tras
año no hace más que mimetizarse en su ambiente, repitiendo las
mismas rutinas, los mismos dejes al hablar, los mismos apuntes que
dictar, la misma manera de andar, las mismas faltas de entusiasmo
por las fiestas del colegio (“siempre son iguales”, sentencian
aburridos), los coñazos de tutorías...
Esta gente que en el comedor del
colegio, a la hora del café, presumen de tener 25 años de
experiencia profesional...¡Ja! , tú más que 25 años de
experiencia, tienes un año de experiencia repetido veinticinco
veces, muermo, besugo, necio, fatuo, menguado, zopenco.
Todavía está a tiempo de rectificar.
Descubre lo que te hace distinto. Céntrate en aspectos positivos,
que los tienes, y sobre todo en aquellos que te diferencian de los
demás. Entrégalos , y gratis, porque nos enriqueces con esas
habilidades. A veces es un don que se te ha concedido.
Es posible que asalte la idea que vas
a fracasar, de abandono (me dejarán, me despedirán, me quedaré
solo), de impotencia (no valgo, no sé hacerlo, no lo lograré)...¡no
hagas ni caso!
Pero, bueno, si no lo entiendes, allá
tú, que ya eres mayorcito.
Anthony de Mello dixit: «Con la vida
ocurre lo mismo que con los chistes: lo importante no es lo que
duren, sino lo que hagan reír».
Me ha hecho gracia la sentencia, y me
ha hecho pensar.
Todos conocemos al pesado de turno que
se lanza en una tertulia a contar el típico chiste largo, que todo
el mundo se sabe, que no hace ninguna gracia, y que , encima, lo hace
más interminable todavía. Es más, a lo peor tú eres uno de esos.
Yo, desde luego, alguna vez he caído
en ese error.
Acostumbra a comenzar con “van en un
globo un chino, un inglés, un francés , y un español”, o
cualquiera de sus variantes. Y la gente pone cara de “¡no me
jodas, Paco!”.
Estos mismos son los que en las bodas
dicen lo de “¡que se besen, que se besen”...un coñazo.
La vida así vivida, como un larguísmo
y pesadísimo chiste que no hace gracia, esas vidas que duran y
duran, y que al final dices “muy bien, ¿y...?”. Nació, estudió,
se casó con una de su pueblo, o del colegio, o de la parroquia, fue
profesor 40 años, o funcionario , o jefe de planta, se jubiló, y
se murió. Nadie le conoció un desliz, una aventura, un derroche, un
fuera de sí, un emocionarse, un desfase, un desajuste, un desvarío,
un disparate , o un despropósito.
Escrivá de Alaver que voy voy, que no
todo lo que dijo es condenable, decía “si alguna vez hacéis
alguna barrabasada al menos que tenga gracia”. No es textual, pero
por ahí se le anda.
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