Un automóvil es buen reflejo de la personalidad de su
propietario: enséñame el interior de tu automóvil y te diré el estado de tu vida interior.
El mío me define muy bien. Entra alguien dentro y siempre comenta
lo mismo, “¡vaya de mierda que tienes,colega!”. Soy muy
desordenado y bastante precipitado. Quiero decir que un día se me
cae la ceniza, o ese trago de cerveza que se mete por el agujero que
no debe y me da un golpe de tos que dejo el parabrisas, la guantera y
el volante hecho un perlado de burbujitas (queda bien,la verdad,
sobre todo si está atardeciendo, esas bolitas de color verde
fluorescente, parece que estás en Navidad).
No entiendo cómo los fabricantes de coches no han caído aún en
la cuenta en colocar un limpia parabrisas en el interior, paralelo al
de fuera. O, ¿qué pasa?, ¿soy el único que le dan unos estornudos
escalofriantes, de esos que no avisan, y que dejas el cristal
interior hecho un zorrostrio...en fin, que la mierda se acumula y se
acumula hasta que un día te entra la vergüenza y te gastas una
pasta en un rumano que hay en el Carrefour que se tira un día entero
para dejártelo fetén.
Eso sí, siempre me disculpo con él. No es que me dé vergüenza,
pero algo me dice que es como si el tipo antes de entrar en el coche
tuviera que respirar hondo tres veces, bocaneando, para introducirse
en una amnea libre, sin oxígeno, que quizás sea la última de su
vida.
Alguien pensará, “¡pues qué guarro!”.
No estoy seguro que todo sea guarrería. Yo creo que es más
pereza e inadvertencia. Al menos en mi caso.
Hay gente que lleva el
coche como una patena, inclusamente con avituallamiento de gamuzas,
pincelitos, fragancias de pino, de ámbar y cunucú, los CD en sus
cajitas, el retrovisor que da gusto mirarse y la margarita en el
culo- en el culo del coche, se entiende-, si eres mujer persona
cuerpo conductora. Son los mismos que hace años llevaban un cojín
en la parte trasera, o un perro pastor que movía la cabeza como mi
madre cuando me veía hacer algo mal y se ponía en jarras y decía
!humm, hummm!, y movía la cabeza de lado a lado.
En mi casa eramos siete: dos papis, cinco hermanos. Cuando llegaba
del colegio me hacía un bocata. Abría el pan con el cuchillo,
cortaba las rodajas de chorizo y,¡vaya!, se caía una al suelo.
Entonces, de modo reflejo, le daba una patadita al choricín
y,¡hala!,desaparecía debajo de la encimera...¡milagro! Otro día
era un trozo de chocolate...patadita y,¡pimba!,¡desaparecía!. Otro
era el tape del yogurt, que se caía también...patadita
y...¡acertasteis!, ¡fiús,ya no estaba!.
Esto es pereza. Comprensible pereza.
Pasaron los días, los meses, los años, y un día mi padre,
después de horas de infatigable trabajo, decidió cambiar la
encimera de la cocina y la cocina toda. Y aparecieron unos tipos con
su mono y sus cosas. Tomaron medidas. Allí estábamos
todos,expectantes...¡¡¡una cocina nueva!!!. Desencajaron la
encimera y...
Entonces oímos unos gritos desgarradores, escalofriantes. Eran de
los operarios, de mi madre, de mi padre...
¡¡¡ DIOS MÍO, AJJJJJJJJJJJJJJJJJJ...!!!...¿QUÉ COÑO ES
ESOOOOOOO?...¡¡¡QUÉ ASCO!!!...¡¡¡VAYA
MIEEEEERDAAAAAAAAAAAAA!!!
Todavía no se había rodado Alien el 8º pasajero, pero estaba
allí, en lo más profundo de la encimera, palpitando en la
oscuridad, esperando a que alguien le diera luz.
Todos me miraron...¿Y esto? ( “esto” era un grumo de migas de
pan,trozos de chorizo mugriento, ronchas de choped putrefactas,
Marías Fontanedas en un estado lamentable...en fin, cosas que la
pluma no puede, no debe escribir).
Y, claro, la bronca me la llevé yo. ¿Qué pasa?,¿era el único
que se le caen cosas la suelo, hein?, me defendí.
Hoy, treinta y pico años después, viendo mi coche, reconozco que
sí.
“Sinior, sinior” -me dice el rumano- “mi incontri esto en el
cuchie”...¡joder!,¡un paquete de tabaco Píper mentolado!...¿pero
se fabrica aún el Píper mentolado?