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Hubo un tiempo que el olor que más me gustaba era el que desprendían mis dedos cuando los humedecía con los labios , y olfateaba cerca de la nariz. El olor de la nicotina. El aroma del Ducados socarrado en los dedos. El que lo probó sabe a qué me refiero.
Ya no fumo, pero aún puedo sentir esa sensación , que es la de la vida, llena de caminos perdidos y de paisajes inesperados. La vida, muchos cigarrillos de incertidumbre, con noches oscurísimas y con preciosas llegadas.
Comencé a fumar a partir de los ocho años. Lo típico, por imitar lo que veía en las películas. " Para hacerme el hombre". Y soy hijo de fumador . Mi padre fumaba "caldo". Sacaba su paquete de Ideales y su librito de papel de fumar. Y con una pericia en los dedos maravillosa, con su petaca, le cambiaba limpia y diestramente el papel al tabaco liado del estanco, poniéndole uno nuevo de su librito. Le pegaba el lengüetazo a su borde engomado, lo cerraba y tras encenderlo fumaba con un gozo y un placer que yo envidiaba Aquella estampa de mi padre cambiando el papel al tabaco liado me encantaba.
Declaraba con frecuencia, " lo que yo fumo no hace daño. Es salud". Murió de cáncer de pulmón. Pero tenía razón: para él fumar era salud. Le hacía daño al cuerpo, pero su alma era fumadora.
Y la mía. Me han diagnosticado una fibrosis pulmonar y, además, tengo un enfisema. Y asegura la neumóloga que es del tabaco. Ya no fumo, pero tengo el alma fumadora.
En su novela " La hoja roja" Delibes escribe que cuando al viejo Eloy le aparece la hoja roja en el librillo de fumar, el recién jubilado se lo toma como un aviso: se le está acabando el tiempo lo mismo que el papel de fumar.
Me he tragado todo el humo de muchas casas, de muchos locales, bares, paseos, y del cine y la literatura que he visto y leído. Era un fumador incorregible. Hasta en los cines he llegado a hacerlo - iba a sesiones que sabía no había nadie. Fumar solo en un cine es algo fantástico.
Dejé de fumar pero, ay, a veces siento cierta pena, la que da decir adiós a un hábito que ha sido parte de la biografía y de la vida de uno , en el que el tabaco se ha asociado, desde casi el principio de mi vida , a tantas historias . Fue un vicio ligado a mis sueños, al amor, al dolor, a la tristeza, a la bohemia, a la golfería, a la aventura y a la poesía .
Cuando dejé de fumar - que eso sí fue no un milagro- ¡ el milagro!- fue de la noche a la mañana. Presentí que la vida me estaba cambiando. Y supe que el futuro sería un lugar al que necesitaba llegar cuanto antes.
A veces pienso que una de las razones de mi viaje a Guatemala fue que allí dejaría de fumar. Cuando una noche de tormenta caribeña , subiendo a una aldea , asfixiado y sin fuerzas , extenuado , una monja me dio la mano y tiró de mi hasta alcanzar destino. Allí decidí no fumar más.
Durante seis meses veía los paquetes de tabaco en la mesilla de mi cuarto , y allí siguieron. Ese viaje a Tamahú fue el principio de muchas cosas. De darme cuenta de que ya tenía una edad que me obliga a tomarme la vida algo más en serio.
A la vuelta, la crónica de mis días me llevó donde quiso. Pero en ese viaje descubrí que se puede volver a empezar . Y la facilidad con la que lo hice me hizo intuir que no estaba solo. Y que lo importante no son los destinos. No era Tamahú el objetivo, era ese Alguien que hace con uno lo que quiere,
No me arrepiento de esos cigarrillos, de los errores, de los arrepentimientos, de las oportunidades perdidas. Del recuerdo de los días, de las noches, de los amores y desamores. Y la esperanza en lo que vendrá. El camino siempre somos nosotros. Y todos los viajes suceden por dentro.



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